El gusto del coleccionista inglés

“El gusto inglés ha mantenido constantemente su curiosidad a través de los siglos, buscando las obras de arte más selectas en todos los rincones del planeta con el fin de preservar, educar y finalmente definir la identidad propia.”

Así iniciaba Lord David Linley, presidente de la casa de subastas Christie’s en Reino Unido su conferencia “El coleccionista inglés”. En ella repasó  las costumbres y tendencias de los coleccionistas ingleses desde la época de los Tudor hasta la actualidad. “A mi entender, coleccionar es poder dar testimonio de lo mejor del pasado situándolo en un contexto contemporáneo, de manera que presente y pasado puedan comprenderse mejor.”

El coleccionismo inglés tuvo a Enrique VII (1457-1509) como uno de sus primeros artífices. Mientras sus súbditos sufrían fuera de las murallas de palacio, él se dedicaba a cultivar su imagen, tanto a través del encargo de retratos de su persona como a partir de la expansión de su colección de arte. El placer por el arte y su pasión por el coleccionismo fueron heredados por su hijo y sucesor, Enrique VIII (1491-1547), y por el cardenal Thomas Wolsey.

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Enrique VIII

Durante su reinado, Enrique VIII ejerció el mecenazgo encargando obras de arte a pintores y maestros artesanos de Italia, Francia y Flandes. El retrato, como en el caso de su padre, también tuvo una importancia clave en su mandato, pues todos los nobles querían contar con la firma del pintor del rey para sus retratos. El arte del retrato se convirtió en la base del recién establecido gusto inglés.

Su hija Isabel I (1533-1603), sin embargo, no perpetuó esta tendencia creada por sus antecesores. Su contribución a la cultura inglesa del coleccionismo tuvo que ver con la construcción y decoración de casas de campo. Quería ser recibida en palacios, y alentaba a sus cortesanos a que los construyeran para satisfacer sus deseos. Estas nuevas edificaciones debían decorarse con el más selecto mobiliario y, naturalmente, con grandes obras de arte. Así fue como toda la nobleza inglesa adquirió el gusto por coleccionar: de esa época destaca principalmente la Casa Burghley, un palacio rural diseñado por Sir William Cecil situado cerca de la población de Stamford.

Por otra parte, a partir del siglo XVII hasta bien entrado el XIX, se empezó a poner de moda entre las familias nobles enviar a sus hijos a Europa continental para que estudiasen arte y se relacionasen con personas instruidas: esta práctica educativa se conocía con el nombre de Grand Tour. Gracias a estos viajes y a las compras de los estudiantes británicos, los miembros de la aristocracia llenaron sus hogares de obras de arte.

En el siglo XVIII, la pasión por el coleccionismo de arte no disminuyó. La aparición de las casas de subastas —como Christie’s en 1766—, significó la posibilidad de reunir una colección de nivel mundial sin tener que salir de Gran Bretaña. Eran unos tiempos en los que no existían los grandes museos de hoy en día, así que Christie’s se convirtió en un lugar donde el público acudía a ver obras de arte sin por ello tener la obligación de pujar o de pagar entrada.

A lo largo de los años, el coleccionista inglés ha tenido la voluntad de preservar el arte para que futuras generaciones pudieran disfrutarlo. Es el caso de Sir John Soane, arquitecto y coleccionista apasionado de todo lo clásico; y también de Samuel Courtauld y del vizconde Lee of Fareham, fundadores de la Courtlaud Gallery de Londres. Gracias al fondo que Courtlaud estableció en la National Gallery para la adquisición de pintura moderna, la institución consiguió obras tan relevantes como Los girasoles de Van Gogh y Bañistas en Asnières de Seurat.

En la actualidad, Gran Bretaña sigue teniendo importantes coleccionistas, herederos de la tradición inglesa: el príncipe de Gales, por ejemplo, es un ejemplo de coleccionista contemporáneo que da nueva vida a una colección histórica. Por otro lado, las casas de campo que Isabel I puso de moda siguen siendo hoy en día grandes contenedores de colecciones de arte. Un ejemplo de ello es Waddesdon Manor, sede de la colección Rothschild.

“El arte vive a través de sus coleccionistas, y esta gran tradición —disfrutar del arte en su esencia y consolidar su aprecio durante siglos— es extremadamente importante”, concluía Lord David Linley.

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